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Las cholitas escaladoras de Bolivia se reivindican en Asturias: “Cuando haces cumbre vuelves con la mente más abierta”

Flora Chura y Cecilia Llusco, dos cholitas escaladoras disfrutando de su visita a Asturias

Elena Plaza

Mieres (Asturias) —
27 de febrero de 2025 09:29 h

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Es una tarde gris lluviosa. Las coloridas polleras de Cecilia Llusco y de Flora Chura contrastan con este Oviedo que comienza a bostezar en una tarde triste, de esas que piden sofá y manta. Cecilia y Flora desafían la lluvia con sus sandalias, que por estos lares nos parecen veraniegas, sin chaqueta y con sus característicos sombreros bolivianos que prefieren ver el agua de lejos.

Son mujeres aimaras aguerridas, acostumbradas al clima andino. No en vano forman parte del colectivo de las conocidas como cholitas escaladoras: guías de montaña, de alta montaña, de perfiles que sobrepasan de largo los 6.000 metros. Muy lejos de lo que tenemos en esta verde Asturias.

Cecilia y Flora visitan y patean nuestra región con motivo de su participación el próximo viernes en la XXXVII Semana de la Montaña de Mieres. Su conferencia supondrá el colofón de unas actividades que ya comenzaron el pasado 21 de febrero.

Donde quiera que van sus polleras las delatan, no pasan desapercibidas. Mientras hablamos al calor de una infusión una mujer se acerca a saludar a la mesa: “Disculpen, ¿son de Ecuador?”. “No, de Bolivia”. “Oh, yo es que soy de Ecuador y al verlas me alegró muchísimo ver gente de allá”. El origen, el colorido, también da calor al corazón. Y ellas son bien conscientes de lo identitario de su vestimenta.

Estas dos mujeres llaman la atención también por lo que representan: y es la lucha de las mujeres de pollera por hacerse un hueco en un mundo de varones, por poder saber qué hay allá, en la cima de la montaña, si desde ahí se podrá tocar el cielo, pasar las nubes. Conocer la magia que encierra cada una de ellas.

En una ocasión pedí a mi padre acompañarle en una expedición. La emoción era tan grande que me dio igual no saber cramponear. Recibí muchas críticas de varones que se extrañaban de que quisiera entrar en ese mundo

Cecilia Llusco es una de las fundadoras del colectivo de cholitas escaladoras de Bolivia. De pequeña soñaba con escalar con su pollera y ya con 13 años era porteadora. Subía montañas de más de 4.000 metros cargando entre 20 y 25 kilos. En una de aquellas expediciones conoció al que más tarde sería su esposo y donde comenzó a trabajar como cocinera. Muchas de ellas se acercan a la montaña como porteadoras o cocineras. El trabajo de guías no está reconocido para ellas. O no estaba de una manera legal, digamos, porque no se permitía el trabajo de las mujeres. Y a pesar de esta legalización hay prohibiciones tácitas que pesan más, y es el hecho de que muchos hombres no las acepten allá arriba.

Flora Chura cuenta que su inspiración fue su padre y que junto con su madre ayudaban de porteadoras, con los muleros. Nacida al pie del Illimani (6.460), hasta allí llegaban muchos turistas extranjeros. “Y también había muchos muertos”, cuenta, “porque no es fácil subir”. No dejaba de preguntarse por qué las mujeres de Bolivia no subían aquella montaña. Le podía la curiosidad de qué había allá arriba, en la Cordillera Real. “Si llego allí, seguro toco el cielo”, pensaba, y se preguntaba por qué ella no podía subir también.

“En una ocasión pedí a mi padre acompañarle en una expedición. Conmigo éramos diez. La emoción era tan grande que me dio igual no saber cramponear. No me afectaba ni la altura ni el frío. Subí en dos días. Cuando llegué al campo alto del Huayna Potosí (6.088) me miraron raro. Pero yo no me cansé ni sentí la altura”.

Y se animó a hacer una ruta más técnica después de recibir el aliento de personas como una mujer francesa de nombre Annie. Y así se animó a formarse para tener más seguridad en la montaña y no depender de un varón. “Recibí muchas críticas de varones que se extrañaban de que quisiera entrar en ese mundo”, entre ellas su ex pareja, también guía de montaña.

El 17 de diciembre de 2015 cuenta Cecilia que subió como cholita escaladora la primera montaña, el Huayna Potosí. Señala que siempre pide permiso a la Pachamama (la Madre Tierra) y a sus Achachilas (los antepasados que, al fallecer, sus espíritus van a las montañas y desde allí les cuidan). “Veíamos mucha discriminación con las mujeres de pollera, no podíamos trabajar y queríamos romper esa barrera: nosotras también podemos con nuestras vestimentas”, hace hincapié.

Estuvimos al lado de varones que no les gustaba que estuviéramos en la montaña. Decían que no éramos escaladoras, sino traficantes de cocaína

Recuerda que todo este camino no ha sido fácil como grupo, como cholitas, por toda esa discriminación que las llevó a ser objeto de un buen número de trampas. “Pensaban que no íbamos a poder con nuestras vestimentas y hemos tapado muchas bocas”, reivindica.

“Estuvimos al lado de varones que no les gustaba que estuviéramos en la montaña”. Cuenta como ejemplo de estas trampas cuando subieron su segunda montaña, el Acotango (6.050) en la frontera con Chile, las denunciaron: “decían que no éramos escaladoras, sino traficantes de cocaína”. Y las registraron, claro. “No querían que siguiéramos, pero esto nos dio más fuerza para seguir adelante. Éramos unas quince mujeres que queríamos también llevar un mensaje de empoderamiento con nuestros objetivos. La unión hace más fuerza”, apunta con convencimiento. “La discriminación no viene de nuestros maridos, viene de otras personas”.

“Igual no tenemos la misma fuerza que los varones, pero mentalmente estamos más preparadas”, argumenta Flora, que poco a poco ve cómo sus sueños se cumplen. Tiene presente la enseñanza de su abuelo: “siempre respeto y humildad. Y las rutas me enseñan a ser humilde. Después conocí a la Rosa (Fernández, la alpinista asturiana), que fue inspiradora, y conocí a muchas mujeres y hombres con los que no sentí la discriminación”. Solo hace falta que la montaña les dé la oportunidad de hacer cumbre.

Señalan que las montañas no son iguales, ni siquiera la misma montaña es siempre la misma, “y eso nos va enseñando también”.

Recuerdan sus primeros tiempos, donde todo resultaba muy caro. “Alquilar unas botas eran unos 80 dólares, más luego los crampones, el piolet, el casco… Como grupo de cholitas nos dejábamos materiales viejitos y grandes. Me acuerdo una vez con unas botas que me quedaban grandes y se me salían. Al final cambié a unos zapatos de trekking”, rememora Cecilia, a lo que Rosa Fernández, presente en la entrevista, comenta “qué frío”. “La emoción de llegar con otras mujeres me hizo olvidar ese frío”, sonríe la andina.

La reivindicación de la identidad

El uso de la pollera no es solo por el origen, sino también por el género. El término chola o cholita “antes era un insulto”. Hacía referencia al origen indígena o mestizo de estas mujeres que vestían, encima, de pollera, que no es exactamente una falda como entenderíamos por estos lares (para ellas una falda es algo “más liviano”), y que contempla una sobre otra hasta seis, por ejemplo. En la República Plurinacional de Bolivia de Evo Morales, allá aproximadamente por 2005, se cambió ese significado, dignificándolo, y dotando a estas mujeres de unos derechos de los que carecían. Cecilia llegó a La Paz con 8 años y recuerda que en aquel entonces ya la miraban mal: “Me decían que olía a oveja”.

“Vamos trabajando en ese empoderamiento. Ganando en autoestima que, junto con el amor propio, consigue que puedas hacer muchas cosas. Es importante la necesidad de tener metas. La vida me ha enseñado a ponerme objetivos. Cuando vas a la montaña sientes ese amor. Cuando haces cumbre sientes ese amor, los problemas desaparecen ahí arriba. Vuelves con la mente más abierta. Te quieres. Yo siempre le pido a las Achachilas que me den fuerza para inspirar a otras mujeres. No haces esto por plata, sino por corazón, amor y cariño”, resume contundentemente Flora Chura.

Vestir la pollera a la hora de escalar, de subir a la montaña, como en el resto de sus cotidianeidades, supone “llevar nuestra cultura bien alto para que vean que las mujeres de pollera podemos hacer de todo. Cada una su deporte o su sueño. Llegas a la cima, tocas el cielo, las nubes. Cada montaña tiene su magia. Allá arriba te sientes libre”, apunta Cecilia: “es una pasión”, afirma esta cholita apasionada también del fútbol, que allá donde quiera que va lleva su balón. La otra pasión de Flora son las carreras en las montañas.

Y en 2019 vio la luz el documental de Jaime Murciego ‘Cholitas escaladoras’. “Nos llevó a cumplir nuestro sueño de subir la montaña más alta de Sudamérica”, el Aconcagua (6.961), en Argentina.

Relata Cecilia que había una compañera cholita que publicaba en Facebook todo lo que hacían. “Murciego lo vio y supo que soñábamos con ir al Aconcagua. Le llamó la atención las polleras y quería ver si siempre llevábamos nuestra vestimenta o solo en la cumbre. Otros vinieron y nos hacían vídeos, y luego se perdían”. Se refiere a que no volvían a saber de ellos, y así pasó también con Murciego, “otro que se perdió”, ríen; pero al cabo de ocho o nueve meses las escribió para decirlas “cholitas, tienen que alistar sus maletas”. Se iban a Argentina.

“Es un orgullo tener una película, vernos en pantallas grandes. Y tenemos que agradecer a Murciego y a la empresa Comunicación Arenas”. Su próximo reto es recoger los fondos que les permita ir al Everest.

Su visita a Asturias

“Todo está muy limpio en Asturias, no hay basura en la montaña. Allá hay mucha, se quema, se deja tirado”, por eso ellas están llevando a cabo una concienciación para no usar plásticos en la montaña. “Debemos cuidarlas. Está habiendo muchos deslizamientos. Se cuida poco la montaña en Bolivia”, afirman. Ellas lo que dejan es un poco de su corazón.

“La primera vez que subí al Huayna me perdía en la nieve. Ahora cada vez hay menos. Como guías tenemos que llevarnos la basura para mantener las nieves. Se me caen las lágrimas cuando lo veo ahora”, añora Cecilia Llusco, “acabará siendo todo roca, y eso afectará también a nuestro trabajo”.

Dice que cada vez que llueve o nieva reza para que haya más nieve allá arriba. Pero reconoce que la nieve de ahora “es como esponja, antes era más pesada y congelaba; ahora por dentro es todo agua. Por eso se abren grietas y hay deslizamientos. Es muy triste para los que nos gusta la montaña. Espero que Dios nos bendiga con las nevadas”.

De Asturias también les llama la atención la cantidad de árboles. Y pudieron disfrutar también de la playa, “estuve correteando como niña porque nunca estuve. Me siento como en casa aunque esté lejos de mis hijos. Esto se vive una vez y hay que disfrutar al máximo”, agradece Flora.

También están maravilladas de su visita al Centro de Medicina Deportiva de Avilés, de la doctora Susana Aznar y del doctor Nicolás Terrados, y de haber podido realizar una prueba de esfuerzo y conocer, así, su estado. Nunca se hicieron una revisión, apenas pensaron en ello porque cuesta mucha plata. De este modo también pueden saber de qué punto parten físicamente para afrontar un 8.000.

“Estamos muy felices de estar en Asturias, de tener esta oportunidad”. Y en sus agendas hay una fecha apuntada: la primavera de 2026 para trabajar por su próximo reto, ser las primeras cholitas bolivianas en subir el Everest con sus polleras coloridas y seguir mostrando el camino para otras mujeres, con pollera o sin ella, para que sigan avanzando en sus sueños y tocar ese cielo que siempre ansiaron con sus propias manos.

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