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La intervención temprana del autismo marca la diferencia

Niño coloreando con auriculares

Mercè Palau

El trastorno del espectro autista (TEA) es una condición de origen neurobiológico que afecta a la configuración y al funcionamiento cerebral y acompañará a la persona a lo largo de toda su vida. Le afecta sobre todo a tres áreas: la comunicación, la interacción social y el comportamiento adaptativo.

Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), se calcula que, en todo el mundo, uno de cada 100 niños tiene autismo. Se trata de una estimación, ya que la prevalencia varía entre los distintos estudios. En España, los datos del Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deporte cifran en casi un 30% el alumnado con autismo en el curso 2022-2023, lo que se traduce en más de 78.000 estudiantes autistas, un 13,13% más que el curso anterior.

¿De qué manera una persona con TEA experimenta el mundo de una manera distinta? Comprender cómo es esta diferencia y determinar cuáles los desafíos y requisitos que conlleva un diagnóstico de este tipo es fundamental. En esta línea, y conscientes de la importancia de mejorar la atención a niños con autismo, el Hospital Universitario Rey Juan Carlos organizó la jornada Puesta al día en TEA. En ella, profesionales médicos y expertos en educación han destacado el papel que juega un diagnóstico precoz y una atención interdisciplinar a la hora de mejorar la calidad de vida no solo de estos niños sino también de sus familias.

Intervención temprana del autismo

Buscar ayuda tan pronto como se sospecha es crucial para el éxito del tratamiento. Para la Doctora Erika Jiménez, especialista del Servicio de Pediatría del centro mostoleño, “identificar los síntomas iniciales, incluso en edades muy tempranas, permite una intervención que impacta en el desarrollo de habilidades esenciales”. 

Resulta fundamental, por tanto, poder ayudar a un niño con autismo lo antes posible; reconocer las señales y síntomas en la primera infancia puede ayudar a mejorar las posibilidades de éxito del niño en el futuro. Gracias a sistemas de reconocimiento visual, una de las herramientas emergentes en la identificación del TEA, es posible mejorar el diagnóstico en menores de tres años, un periodo durante el cual el cerebro del niño aún se encuentra en su etapa formativa y es capaz de formar nuevas conexiones y asimilar nueva información. Es esta flexibilidad la que permite que los tratamientos tengan mayor probabilidad de ser eficaces a largo plazo. 

Es posible, por ejemplo, intervenir en las áreas más afectadas de este trastorno del neurodesarrollo, como son la comunicación, la interacción social y el comportamiento adaptativo. 

Así, integrar actividades de socialización que fomentan el desarrollo de habilidades sociales; incluir estrategias de manejo del comportamiento que desempeñen un papel crucial para abordar conductas desafiantes; o abordar la interacción y la relación con los demás con intervenciones basadas en la comunicación son algunas de las intervenciones tempranas que permiten mejorar, de forma significativa, el pronóstico a largo plazo. Los estudios demuestran que, cuanto antes reciba ayuda un niño, mayores serán sus posibilidades de aprendizaje y progreso.

La intervención temprana, por tanto, no solo aborda los desafíos actuales sino que sienta las bases para un futuro más exitoso. Un logro que requiere también el trabajo conjunto de familias, educadores y profesionales de la salud. 

No hay una forma ‘correcta’ de pensar, aprender y comportarse

No todo el mundo aborda las cosas de la misma manera, ni tiene una sola forma de pensar. Que el cerebro de una persona funcione de manera distinta no significa que sea “malo” o “incorrecto”, sino todo lo contrario. Lo define muy bien el término neurodiversidad, según el cual no hay dos cerebros, ni dos personas, iguales. De acuerdo con una investigación publicada en British Medical Bulletin, aproximadamente entre el 50% y el 20% de la población mundial se considera neurodiversa. 

La neurodiversidad es la idea de que existe una variación natural en el funcionamiento del cerebro humano y en cómo experimentamos, comprendemos e interactuamos con el mundo. Esto significa que existen diferencias naturales en la forma en que las personas aprendemos y nos comunicamos. Cuanto más diferente funciona el cerebro de las personas al del grupo dominante, mayor es la probabilidad de que se identifiquen como neurodivergentes.

Para la Doctora Jiménez, “entender la neurodiversidad significa reconocer que los niños con TEA perciben y sienten el mundo de manera única”, una idea que nos permite dar con un enfoque “que fomenta una inclusión real, necesaria para su desarrollo social y emocional”, matiza Jiménez.

En lugar de centrarse en disfunciones o déficits, la neurodiversidad fomenta las fortalezas únicas de cada persona. Tanto es así que debemos aprender a comprender que, “en el caso de los niños con TEA, su percepción particular puede enriquecer profundamente a quienes les rodean”, afirma la especialista.

Es importante también integrar este concepto a la hora de tratar un diagnóstico del trastorno del espectro autista puesto que facilita la integración de la mano del respeto y la comprensión y que el niño encuentre su lugar en el ámbito familiar, educativo y social. “Crear una sociedad inclusiva y respetuosa empieza con conocer y aceptar estas particularidades”, concluye la Doctora Jiménez.

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