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Cuando el genocidio en Gaza se convierte en demasiado genocidio

La destrucción en Gaza durante el alto el fuego
8 de febrero de 2025 22:33 h

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Lo que el presidente de EEUU ha propuesto para Gaza, ante las cámaras, no es una reubicación de la población palestina en países vecinos sin más, es un desplazamiento forzado, un crimen que viola la ley internacional. No es una reconstrucción, es una voluntad de hacer negocio a costa del saqueo, del colonialismo y del genocidio.

No es una reurbanización ni una “transacción inmobiliaria”, como lo ha llamado: es una limpieza étnica enmarcada en un proceso de desposesión, de apartheid y de asesinatos masivos iniciado hace décadas. Es un plan al que los gobiernos árabes vecinos se han opuesto públicamente, pero en el que el presidente de EEUU insiste, como forma de presión.

La limpieza étnica no empieza hoy

Lo que plantea Trump no es nuevo, forma parte de los objetivos de importantes sectores de la política israelí. El partido Likud, creado en los años setenta y liderado actualmente por Netanyahu, incluye en sus documentos fundacionales la consideración del “derecho judío” “eterno e indiscutible” a “la tierra” de la Palestina histórica. También otras organizaciones políticas israelíes reivindican la ocupación y anexión ilegal del territorio palestino, lo que implica más desplazamiento forzado de población palestina. Es el caso de los partidos religiosos a los que pertenecen algunos ministros en la actualidad.

Pero también con gobiernos laboristas Israel llevó a cabo un plan colonial que supuso el desplazamiento de más de 700.000 palestinos en 1948 -la Nakba- y de otros 350.000 en 1967, además de la ocupación ilegal de Gaza, Cisjordania, Jerusalén Este y los Altos del Golán sirios, que llega hasta hoy. A ello se suma la multiplicación de los asentamientos ilegales en los últimos treinta años y el desarrollo de un régimen de apartheid contra los palestinos que los oprime y fomenta su expulsión.

La limpieza étnica y el desplazamiento forzado llevan tiempo encima de la mesa del proyecto sionista israelí actual, como parte del objetivo para ampliar territorio y mantener una mayoría judía en el llamado Gran Israel.

La ocupación ilegal israelí, combinada con una mayoría judía, solo es posible con expulsión, matanzas o apartheid

La anexión ilegal israelí de territorio palestino, combinada con una mayoría judía, solo es posible con otra expulsión masiva de población palestina o a través de un régimen de apartheid que niega derechos básicos.

Así lo expresaba, por ejemplo, el israelí Sergio Yahni en 2007, en una entrevista que le hice en Jerusalén, y cuya historia cuento en uno de los capítulos del libro El hombre mojado no teme la lluvia. Yahni era integrante de esa minoría -que ha ido reduciéndose cada vez más- contraria a la ocupación ilegal y en favor de los derechos para todos, no solo para los israelíes:

“Israel solo puede ser un Estado judío si mantiene la supremacía demográfica o legal de la población judía, pero para ello tiene o que llevar a cabo una nueva limpieza étnica, como la de 1948, o practicar la segregación étnica legalizada, es decir, el apartheid. Hay que asumir que esto es muy dañino para los palestinos y también para los israelíes. Mientras Israel no impulse una verdadera transformación democrática, no viviremos en paz y seguirá la represión”.

Varios ministros israelíes ya propusieron públicamente en 2023 la expulsión de población palestina de Gaza

Los ataques de Hamás en octubre de 2023 fueron interpretados por sectores del Gobierno israelí como una oportunidad para impulsar esa limpieza étnica. Por eso Netanyahu no priorizó la puesta en libertad de los rehenes israelíes ni una salida negociada y apostó por la destrucción masiva y por “una guerra santa de aniquilación”. Por eso cuando Israel ordenó el desplazamiento masivo de la gente del norte de Gaza hacia el sur muchas voces advertimos del riesgo de una nueva Nakba.

“Existe un grave peligro de que lo que estamos presenciando pueda ser una repetición de la Nakba de 1948 y de la Naksa de 1967, pero a mayor escala”, alertó en octubre de 2023 la relatora de la ONU Francesca Albanese. Por si quedaba alguna duda, así lo expresaron también varios integrantes del Gobierno de Tel Aviv.

Un informe del ministerio de Inteligencia israelí, filtrado a la prensa, propuso ya en 2023 la expulsión de la población de Gaza. El viceministro de Exteriores fue más allá y lo expresó públicamente, diciendo que los palestinos debían asentarse en el Sinaí egipcio. “Crearemos ciudades de tiendas de campaña”, afirmó. En la misma línea, el ministro de Agricultura y exjefe del Shin Bet, Avi Dichter, indicó que se estaba “desplegando la Nakba en Gaza. Gaza Nakba 2023, así es como terminará”.

La lección extraída es que se pueden apoyar grandes crímenes siempre y cuando no se hable de ello

La financiación del genocidio por EEUU

Todo esto era sabido por el Gobierno Biden. El expresidente de EEUU no defendió públicamente la expulsión de la población de Gaza, pero sí proporcionó durante quince meses grandes paquetes de ayuda militar a Israel -por valor de decenas de miles de millones de dólares-, protección diplomática y apoyo político. Con ello financió y facilitó el genocidio, la devastación, la masacre de más de 61.000 personas y el desplazamiento forzado de casi dos millones. Este resultado es el que Trump usa ahora como excusa para plantear el traslado temporal o definitivo de la población, es decir, la limpieza étnica.

Además, el presidente de EEUU ha sancionado esta semana a la Corte Penal Internacional. Pero nada empieza hoy. El Gobierno de Biden criticó a la Corte de la Haya, la acusó de actuar de forma indebida por investigar los crímenes israelíes, negó su jurisdicción en este asunto, calificó de “indignante” su orden de arresto contra Netanyahu y aseguró que “trabajaría en la dirección” de aplicar sanciones contra ella. Tanto Biden como su Secretario de Estado, Antony Blinken, se posicionaron públicamente en contra de la Corte y nadie de ese Gobierno, tampoco la vicepresidenta, se distanció de esa postura.

Por todo ello la gran conversación global en circuitos internacionales de derechos humanos gira, desde hace meses, en torno al daño que causa la extensión de la impunidad israelí, lograda a través del apoyo activo de EEUU, que concibe Israel como su plataforma colonial en Oriente Medio.

Si se ha llegado hasta aquí es porque Washington siguió apoyando a Israel en pleno genocidio, contribuyendo activamente al desarrollo del mismo. Si se ha llegado hasta aquí es porque la Unión Europa mantiene intactas sus relaciones comerciales con Israel y no ha suspendido el comercio e inversiones que contribuyen a la ocupación ilegal israelí, tal y como solicita el dictamen de la Corte Internacional de Justicia del pasado mes de julio. Si se ha llegado hasta aquí es porque varios gobiernos europeos -Alemania a la cabeza- han seguido justificando los ataques contra civiles.

El Gobierno Biden dijo estar dispuesto a trabajar para sancionar a la Corte de La Haya y se posicionó contra sus órdenes

Si se ha llegado hasta aquí es porque EEUU asigna a Israel, desde hace más de tres décadas, la mayor ayuda militar anual que proporciona a un país: 3.800 millones de euros al año, a pesar de que en ese tiempo se ha triplicado el número de asentamientos y colonos, y a pesar de las sucesivas matanzas de civiles en 2002, 2004, 2006, 2008, 2009, 2011, 2014, 2019, 2021.

Donald Trump no es comparable a ningún otro presidente anterior, pero merece la pena preguntarse por qué en numerosos sectores sus palabras han causado mucho más revuelo que la acción del genocidio en sí misma. La lección extraída es que se pueden planear, apoyar o facilitar grandes crímenes siempre y cuando no se hable de ello o no se cuente con desfachatez y sadismo.

Mientras no se asuman todos los hechos, no se abordarán las vías necesarias para una solución. Fuera de nuestra burbuja, en el sur global, hay muchos hombres y mujeres que conocen bien las dinámicas de la geopolítica occidental, porque ésta se escribe sobre su propio cuerpo, sobre su propia piel. Los crímenes cometidos contra ellos tiran por la borda el relato del jardín occidental y la narración de los buenos colonizadores y ocupantes frente a los nativos bárbaros.

La resistencia que existe en sectores de la política y el periodismo a reconocer esta realidad es una de las mayores amenazas que enfrentamos: la de la incapacidad del norte global para observarse con honestidad frente al espejo.

La destrucción es una industria en sí misma -armas, tecnología militar, IA- y, tras ella, llegan los contratos de 'seguridad y reconstrucción'

La estrategia del shock de Trump

Lo anunciado por Trump forma parte de su estrategia de 'conmoción y pavor', empleada para crear shock y negociar con ventaja. Ante sus palabras, Netanyahu sonrió y asintió, triunfante, mostrando que la posibilidad de la expulsión siempre ha estado ahí. El presidente estadounidense lanza órdagos con los que cualquier otra exigencia inferior, posteriormente, parecerá un alivio.

Él cuenta que concibe la política como un negocio. Asegura que EEUU se hará con el control de Gaza y construirá viviendas en “la Riviera de Oriente Medio”, tras retirar escombros y allanar el terreno. La destrucción es una industria en sí misma: aumenta los beneficios de las empresas armamentísticas, de tecnología militar e incluso de las compañías de inteligencia artificial. Además, tras ella, llegan los contratos para la seguridad y la reconstrucción, dos eufemismos para encubrir neocolonialismo y saqueo. Trump lo verbaliza y presume de ello.

En Gaza operan ya empresas contratistas militares estadounidenses, y varios inversores apuestan por la ocupación ilegal para su enriquecimiento. Es el caso de Jared Kushner, yerno de Trump, quien duplicó recientemente su participación en una firma de finanzas israelí presente en asentamientos ilegales israelíes de los Altos del Golán sirios y Cisjordania, y que se beneficia de la extensión de la anexión ilegal.

Durante setenta y seis años la población palestina ha resistido a su expulsión, a la anexión ilegal, a la Nakba continuada. El regreso de cientos de miles de personas desde el sur de Gaza hasta el norte muestra su capacidad de resiliencia. El 80% de la población de la Franja procede de familias expulsadas de sus tierras en 1948. Desde entonces guardan las llaves de sus casas robadas y apropiadas por israelíes, a través de la Ley de Bienes Ausentes. Aquella expulsión conmocionó su vida y marca sus biografías.

Como ha dicho esta semana la abogada palestina estadounidense Noura Erakat, “los palestinos pertenecen a Palestina. Han sobrevivido 76 años de Nakba y quince meses en su fase más cruel. Sobrevivieron para poder regresar a sus casas, quedarse y prosperar. Su capacidad para hacerlo depende de nosotros”. Sin embargo, la inacción sigue siendo la norma, a pesar de que ahora, con Trump, de repente el genocidio se convierte en demasiado genocidio.

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