El asedio de Bérchules contra los moriscos ilustra “una de las mayores limpiezas étnicas” en la historia de España

Mucho se ha hablado sobre la entrega de las llaves de Granada de las manos del último rey nazarí, Boabdil, a los Reyes Católicos en 1492, en lo que la historia ha venido en llamar La Reconquista. Mucho se ha contado sobre aquello, forjando una imagen de impunidad en la actuación castellana sobre unos musulmanes completamente entregados. Pero ahora, la historia empieza a recuperar vestigios y pruebas de lo que pasó tras aquella conquista granadina. La suerte que corrieron quienes vivían a los pies de la Alhambra y no profesaban el cristianismo: acabaron repudiados en La Alpujarra y, después, reprimidos y deportados tras una guerra para defender sus propias señas de identidad que, que, ahora, historiadores del equipo liderado por Blas Ramos, arqueólogo por la Universidad de Granada (UGR), están sacando a la luz en tierras alpujarreñas.
En el corazón de La Alpujarra granadina, arqueólogos de la UGR han sacado a la luz restos clave para comprender uno de los episodios más cruentos de la historia de aquella España de finales de la Edad Media: la represión contra los moriscos en el siglo XVI por parte de la corona. En Bérchules han aparecido estructuras militares, cerámicas y fortificaciones que ofrecen una nueva perspectiva sobre la resistencia de esta población, perseguida por el rey Felipe II, bisnieto de los Reyes Católicos, hasta su expulsión definitiva de la península unas décadas después.
Este hallazgo no es un hecho aislado. Desde los años 80, y muy especialmente en el último lustro, se han identificado en la zona restos de la Guerra de las Alpujarras, un conflicto que se extendió entre 1568 y 1571 y que fue la respuesta desesperada de los moriscos, expulsados de Granada capital, ante la represión que les prohibía mantener sus costumbres y religión. En lugares como Juviles y Órgiva ya habían aparecido indicios de esa resistencia, pero en Bérchules se ha localizado un campamento en el llamado Tajo del Reyecillo, una zona escarpada donde los moriscos se refugiaban para evitar ser detectados y desde donde controlaban el valle. Una fortificación que algunos historiadores, erróneamente, relacionaban con la dinastía nazarí, desaparecida casi un siglo antes de que esta se construyese.
Uno de los aspectos más relevantes de este hallazgo es que el Tajo del Reyecillo es el lugar donde, según cuentan las leyendas, fue capturado Abén Aboo, el último líder morisco, lo que marcó el fin definitivo de la guerra en 1571
Blas Ramos, arqueólogo de la UGR y coordinador de la investigación, explica que los restos encontrados revelan cómo estos grupos construían empalizadas y utilizaban armas de fuego para resistir. “No se situaban en la parte alta del peñón como en un castillo tradicional, sino que se ocultaban en recovecos y abrigos naturales, lo que les permitía defenderse sin ser fácilmente localizados”, señala. “Sabemos que aquí hubo un enfrentamiento durísimo. Los castellanos los atacaron desde arriba, descolgándose con cuerdas y rodeándolos. Fue una matanza”.
El Tajo del Reyecillo era un enclave estratégico. “Desde aquí podían controlar los pasos de la sierra y evitar ser asediados con facilidad. Lo que hemos encontrado no es una fortificación típica, sino una estructura de defensa improvisada, pensada para la supervivencia en un entorno hostil”, explica Ramos. “En el suelo han aparecido restos de cerámica del siglo XVI, estructuras de piedra seca que parecen haber servido como barricadas y evidencias de que aquí se produjo un asedio prolongado. También encontramos botones de uniformes, lo que indica la presencia de tropas organizadas”.

Guerrilleros y familias escondidas
Uno de los aspectos más relevantes de este hallazgo es que el Tajo del Reyecillo es el lugar donde, según cuentan las leyendas, fue capturado Abén Aboo, el último líder morisco, lo que marcó el fin definitivo de la guerra en 1571. “Gracias a los documentos escritos sabemos que este campamento era utilizado por el último cabecilla de la rebelión, quien fue entregado a las tropas castellanas por sus propios correligionarios para finalizar la guerra”, señala Ramos.
Los investigadores, tras cotejarlo con la documentación que tenían en su poder, encontraron restos de lo que pudo ser una zona de refugio, con vestigios de viviendas improvisadas dentro de los recovecos del terreno. “Es probable que aquí se ocultaran no solo guerrilleros, sino también familias enteras que intentaban sobrevivir en condiciones extremas”, apunta Ramos. “El hecho de que encontremos restos de alimentación y útiles domésticos sugiere que este no era solo un punto defensivo, sino también un lugar de resistencia cotidiana”.
Pero la violencia contra los moriscos no terminó con la derrota militar. Ramos recuerda que la Guerra de las Alpujarras no fue solo una rebelión, sino un conflicto que acabó con la destrucción total de comunidades enteras. “Hay registros de cómo los soldados incendiaban cuevas donde se refugiaban familias enteras para asfixiarlas vivas. En la zona de la Contraviesa sabemos que una de estas cuevas contenía los restos de decenas de personas que murieron así”, cuenta. “Los relatos de la época describen ejecuciones masivas, desplazamientos forzosos y un intento sistemático de borrar a los moriscos de la historia. No estamos hablando solo de una guerra, sino de un exterminio”.
Se estima que entre 80.000 y 90.000 moriscos fueron desplazados forzosamente de La Alpujarra tras la derrota, una diáspora que los dispersó por toda la península en condiciones de extrema precariedad, hasta que finalmente fueron expulsados por el rey Felipe III a principios del siglo XVII
Las cifras son estremecedoras. Se estima que entre 80.000 y 90.000 moriscos fueron desplazados forzosamente de La Alpujarra tras la derrota, una diáspora que los dispersó por toda la península en condiciones de extrema precariedad, hasta que finalmente fueron expulsados por el rey Felipe III a principios del siglo XVII. Al menos 20.000 personas murieron en la guerra, muchas de ellas masacradas en emboscadas y asedios como el de Bérchules. “Estamos ante una de las mayores limpiezas étnicas de nuestra historia”, afirma Ramos. “Este no fue solo un episodio de violencia militar, sino una operación sistemática para erradicar a una población entera de su territorio. Y eso es algo que aún no se ha asumido del todo en el relato histórico oficial”.
Una historia ocultada
A pesar de la crudeza de este episodio, la arqueología ha tardado en prestarle atención. “Durante mucho tiempo, la Guerra de las Alpujarras ha sido vista como un episodio secundario dentro de la historia de España”, lamenta Ramos. “En parte, porque la visión oficial siempre ha estado marcada por una perspectiva colonial. Se nos ha contado que los moriscos fueron simplemente derrotados y expulsados, pero la realidad es que hubo una resistencia feroz y una represión brutal. Y eso es lo que estamos sacando a la luz ahora”. Una perspectiva contra los moriscos que también ha marcado a la población auctóctona de La Alpujarra, hasta hace no demasiado tiempo señalada como una población inferior, herencia de aquel recuerdo medieval de las luchas entre religiones.
El estudio también ha servido para comprender mejor cómo se organizaba la resistencia morisca. “Se ha documentado que utilizaban técnicas militares heredadas de los nazaríes, con estructuras defensivas adaptadas al entorno montañoso y un sistema de comunicación entre distintos refugios”, explica Ramos. “Esto explica cómo pudieron aguantar tanto tiempo pese a estar en inferioridad numérica”.
En La Alpujarra aún quedan muchas huellas por descubrir. Ramos menciona que en lugares como Jubiles hay fortificaciones que apenas han sido excavadas y que en los archivos históricos siguen apareciendo referencias a enclaves donde podría haber restos humanos. “Sabemos que los moriscos intentaron huir por la sierra y que muchos murieron en el camino. Hay historias de batallas, de emboscadas, de pueblos arrasados. Y cada cierto tiempo, nuevos hallazgos confirman que todo esto no es solo leyenda”, dice.
El trabajo de la UGR ha puesto sobre la mesa la necesidad de seguir explorando estos episodios de la historia, muchas veces olvidados o reinterpretados bajo una mirada que minimiza la violencia ejercida sobre los moriscos. Mientras tanto, el paisaje de La Alpujarra sigue guardando en su interior la memoria de quienes lucharon hasta el final por su derecho a existir en la tierra que siempre fue su hogar. “Cada fragmento de cerámica, cada estructura que encontramos, nos habla de personas que resistieron con todo lo que tenían”, concluye Ramos. “No eran solo víctimas: eran gente que luchó hasta el último momento por su supervivencia. Y eso es algo que no podemos permitirnos olvidar”.
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