Primera Página es la sección de opinión de eldiario.es Cantabria. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.
Llamar al pirómano para apagar el fuego

Una de las razones de la cada vez mayor desafección hacia los partidos convencionales y el sistema democrático en sí es la falta de respuestas que el ciudadano obtiene. Sobre el papel hay respuestas para todo: protocolos, ayudas, regulaciones, servicios públicos... En la práctica, la maquinaria burocrática y la total falta de neuronas espejo en los gestores hace que la respuesta personal o colectiva a un problema llegue tarde y mal, si es que llega.
La desafección es la respuesta ante la decepción que produce la falta de efectividad en las respuestas públicas. Desafección y cabreo. Y por más que la reacción de parte del electorado sea democráticamente absurda -un trasvase del voto de castigo a formaciones y políticos interesados en capitalizar el descontento sin ofrecer soluciones-, esta se produce y, en vez de un problema, el ciudadano airado acaba teniendo dos. No se puede llamar a un pirómano cuando hay un incendio.
La falta de respuesta de lo público es palmaria en todos los órdenes de la vida. El reciente, y por desgracia penúltimo caso de acoso escolar en Cantabria -la punta del iceberg de esa violencia de baja intensidad que campa a sus anchas entre los escolares sin que a nadie parezca preocuparle demasiado vistos los resultados- es muestra palmaria de cómo la respuesta de lo público -lánguida y en nada empática- genera más frustración que tranquilidad, más victimización que alivio, más incertidumbre que certeza, más burocracia que humanización.
La desafección es la respuesta ante la decepción que produce la falta de efectividad en las respuestas públicas. Desafección y cabreo. Y por más que la reacción de parte del electorado sea democráticamente absurda, esta se produce y, en vez de un problema, el ciudadano airado acaba teniendo dos
Y esto es aplicable a la depredación impune de las grandes empresas, el problema de la vivienda, el pozo del paro, la exclusión, la robusta desigualdad fiscal, la vejatoria impunidad de las castas, el fallo sistémico de la justicia... La falta, en definitiva, de respuestas claras, rápidas y contundentes a problema reales, actuales y no menos contundentes.
En esta realidad algorítimica del día a día, en donde los gestores ceden a máquinas el contacto con los representados, las decisiones humanas han sido sustituidas por mecanismos predictivos que saben más del ciudadano que él mismo. Cuando la intervención humana es necesaria e inaplazable -las grandes cuestiones, ya saben- se desiste de intervenir porque se prefiere que los problemas se pudran a equivocarse y pagarlo con una carrera política personal o un castigo demoscópico.
Así que los problemas, personales y colectivos, se pudren y el corolario es la desafección y llamar al pirómano para apagar el incendio. Y pirómanos no faltan: negacionismo, ultraderecha, pseudocientifismo, cancelaciones. Cuando la democracia no es efectiva, aparecen los equipos de demolición.
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