Villablino revive el luto por el carbón con la sensación de que “ahora ya no tocaba”

Dolor y rabia en Laciana por la muerte de cuatro vecinos de Villablino.

César Fernández

Villablino —
1 de abril de 2025 19:16 h

Hace tres días (literalmente) que en Villablino (León) se oficiaba un funeral por el carbón. Fue con el estreno de Cicatrices negras, un documental que cuenta el duelo por la minería en las cuencas de Laciana y El Bierzo. El luto era figurado hace tres días y ahora es real. La mina, que parecía pasado, se ha vuelto presente. Y ha mostrado su peor cara. Muchos en este valle ni siquiera sabían que había paisanos que seguían bajando al subsuelo, aunque fuera en Cerredo (Degaña, Asturias), ya en otra comunidad autónoma pero a un palmo de distancia geográfica (18 kilómetros) y con los mismos sentimientos de orgullo por el sector al margen de fronteras. Por eso este martes, tres días después de la proyección cinematográfica que llenó el Auditorio de la Casa de la Cultura, el impacto emocional por la muerte de cuatro lacianiegos y un berciano se redobla por lo “inesperado”. “Ahora ya no tocaba”, repiten al despedir a sus vecinos en una secuencia recurrente en tiempos pretéritos e insospechada en los actuales.

La minería del carbón, pasado en las cuencas berciana y lacianiega desde el cierre de las explotaciones en 2018 con el fin de las ayudas a la producción para su consumo en las centrales térmicas, era en los últimos años fuente recurrente de obras de teatro o trabajos audiovisuales. Las cámaras regresaron este martes a Villablino: una nube de reporteros gráficos en torno al polideportivo de la localidad. Dentro del recinto se velaba a cuatro trabajadores fallecidos este lunes en Cerredo: Jorge Carro (32 años, de Sosas de Laciana), Amadeo Bernabé (48 años, de Villaseca de Laciana), Rubén Soto (49 años, Caboalles de Abajo) e Ibán Radio (54 años, de Orallo). Fuera había una mezcla de lamento, impotencia y desconcierto.

“Muchos no teníamos conciencia de que allí (por Cerredo) había gente trabajando. Por eso el impacto ha sido más grande”, resume Alfredo Ganzo, natural de La Riera de Babia (Cabrillanes), 25 años de mina, con la experiencia suficiente como para haber salido ileso de accidentes mortales porque ese día no tocaba. “Pero hay heridas que quedan dentro”, cuenta a las puertas del polideportivo con el convencimiento precisamente de que ahora “no tocaba” vivir estos episodios. “Que en pleno siglo XXI lo primero que falle es la seguridad no es muy normal”, apostilla. La tragedia es humana, pero también social en un valle en el que la sangría demográfica no cesa (Villablino tenía 16.215 habitantes en 1993 y tiene 7.709 a fecha de 2024, según datos del Instituto Nacional de Estadística). “Y en una zona despoblada de juventud ahora se te van cuatro de golpe”, ahonda Ganzo.

Antonio Carro, de Caboalles de Arriba (Villablino), 27 años de mina, fue también técnico de seguridad y miembro de la Brigada de Salvamento de la MSP (Minero Siderúrgica de Ponferrada). Y se nota cuando habla. Él sí sabía que se estaban realizando labores en Cerredo porque un hijo suyo trabaja en Carbonar, en Cangas del Narcea (Asturias). “La primera sensación es de impotencia”, admite Carro. “Si hubiera buena ventilación, no tendría que haber habido problemas. Y la maquinaria tiene que ser suficientemente segura”, afirma ante las primeras hipótesis que relacionan el accidente con una posible explosión de grisú, según indicó este mismo martes también en Villablino la delegada del Gobierno en Asturias, Adriana Lastra.

La tecnología ha avanzado en los últimos años en comparación con los tiempos en los que los accidentes mineros eran recurrentes. Pero Antonio Carro contrapone otro factor que se deja sentir en un sector que ha pasado de emblemático a residual. La presión sindical y el papel de los comités de seguridad, capitales en su día para reducir la siniestralidad en los tajos, han caído con el propio declive de la actividad. Y con el progresivo cierre de las explotaciones en las cuencas de la provincia de León hasta echar el candado a finales de 2018 “se ha roto la cadena generacional”, la que hacía que los nuevos mineros aprendieran de los anteriores en las galerías. Carro, que remarca la “responsabilidad” de la administración (en este caso el Principado de Asturias) al cotejar los permisos con los que contaba la empresa (en principio, para estudiar el uso del carbón en la generación de materiales como el grafito o el grafeno), acierta a expresar otra pesadumbre ahora que incluso se ha cursado solicitud de autorización para reabrir una explotación en Sosas de Laciana al margen de los usos energéticos: “Aquí se han lanzado iniciativas que podían parecer ilusionantes, entre comillas; y ahora esto te baja toda la moral”.

La presión sindical y el papel de los comités de seguridad, capitales en su día para reducir la siniestralidad en los tajos, ha caído con el propio declive de la actividad. Y con el progresivo cierre de las explotaciones “se ha roto la cadena generacional”

“No puede ser que esto pase en el siglo XXI”, sentencia Javier Martínez, de Sosas de Laciana, 24 años de mina. Martínez repite un adjetivo para la que fue su medio de vida. “La mina es muy cruel. Hay que tener un control absoluto sobre lo que puede suceder. Y, por lo visto, las medidas brillan por su ausencia”, apunta a la espera de comprobar “lo que diga la investigación” para desvelar “la verdad” sobre lo ocurrido este lunes en Cerredo. “Lo primero tiene que ser la seguridad. No se puede trabajar a cualquier precio”, dice a las puertas del polideportivo convertido en un reguero de vecinos, con presencia de personal de asistencia psicológica ante emociones que se contienen o se desbordan y se hacen visibles en forma de lágrimas o expresiones. “¡Vaya palo!”, lanza un hombre al abandonar el recinto convertido en improvisada capilla ardiente.

El duelo es colectivo es un valle en el que unos cuantos son familiares, muchos amigos y prácticamente todos conocidos. “Yo trabajé con su padre”, enfatiza Alfredo Ganzo sobre el fallecido de Villaseca de Laciana. Fuera del polideportivo, en un bar de la localidad, su regente, Susana Lorences, señala con un gesto la esquina de la barra para reconocer que otro de los muertos había estado en el local hace apenas unos días. Lorences también está entre las sorprendidas por el hecho de que la mina haya vuelto a dar una bofetada al valle. “Se supone que ya no había minería”, esboza para catalogar como “inesperado” el siniestro. Fuera, en la terraza, Feli Campillo y las hermanas Eloina y María Jesús Díaz, hablan de “rabia, impotencia y sorpresa”. “La mina no es un trabajo muy usual”, admiten al recordarse pendientes del regreso de familiares de los tajos.

Laciana, con el valle pintado de verde en un día esplendoroso de comienzos de primavera, se pone de negro y revive así el luto (tres días decretados por el Ayuntamiento de Villablino), mientras este martes se despedía al berciano David Álvarez (33 años, Torre del Bierzo) con velatorio en Bembibre y funeral en su localidad natal. La tragedia asola de nuevo a las dos cuencas, las protagonistas de ese documental Cicatrices negras, de Daniel Cuellas de Paz, estrenado este sábado en Villablino, donde unos días después el carbón ha abierto una nueva herida cuando ya nadie la esperaba. 

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