Así es la exclusiva fresa japonesa que se paga como si fuera una joya: ¿qué las hace tan especiales?

Las fresas japonesas alcanzan precios muy altos

Héctor Farrés

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Una fresa normal pasa del cajón del súper a un bol de desayuno sin mayor ceremonia. Dura poco, huele bien si hay suerte y rara vez sabe como debería. En cambio, una fresa premium se trata casi como si fuese una pieza de relojería suiza: envuelta una a una, sin tocarse, con instrucciones para comerla y un precio que invita a pensar si realmente sigue siendo fruta o ya ha cruzado a otra categoría.

Cuando la fresa es japonesa, la diferencia no es solo cuestión de sabor, sino de mentalidad. Porque una unidad puede costar alrededor de 20 euros - casi 200 si es una bandeja - y aún parecer barata para lo que representa.

Más de 300 formas de reinventar una misma fruta

Y esa unidad puede ser una Tochiaika, una Amaou, una Hatsukoi no Kaori o una Bijin-hime, por citar solo algunas. En Japón existen más de 300 variedades distintas de fresa, muchas de ellas desarrolladas en exclusiva para destacar en tamaño, dulzor, aroma o color.

Cada año surgen nuevas, fruto de una competencia feroz entre agricultores que buscan sorprender con lo más selecto. Algunas se orientan al gran consumo, como la Beni Hoppe; otras, como la Bijin-hime, alcanzan precios que superan los 300 euros por pieza.

La Tochiaika, una de las más consumidas y cultivada exclusivamente en la prefectura de Tochigi - la Meca de la fresa nipona -, se desarrolló a lo largo de siete años de cruces. El resultado: una fresa de gran tamaño, perfil en forma de corazón al cortarla y un dulzor tan intenso que se percibe antes de probarla. Nada de acidez, ni un ápice.

El aroma de todas las variedades, según explican los artesanos de la fresa japonesa, se potencia al dejar la fruta a temperatura ambiente durante unos minutos. Hay quien dice que basta con abrir la caja para que todo huela a fresa.

El culto a la perfección empieza en el campo y termina en el envoltorio

La empresa no cultiva, solo distribuye. Son los agricultores de Anhay, en la zona centro del país nipón, quienes producen esta variedad en cantidades muy limitadas y con controles exhaustivos. La selección es tan rigurosa que solo se vende la fruta impecable, sin manchas, sin deformidades y con un color rojo uniforme. El resto, directamente, queda fuera del mercado. Esa obsesión por la perfección no se limita al sabor: también afecta al tamaño, al tacto y hasta al modo en que se presenta al comprador.

Cada fresa llega protegida por una pequeña cúpula de plástico transparente y reposa sobre un cojín individual. El envoltorio recuerda más a una vitrina de museo que a un envase de supermercado. En tiendas en Estados Unidos, la venta es exclusiva y limitada.

Se recomienda no cocinarla, ni cortarla, ni tocarla más de la cuenta si no se va a consumir en ese momento. Y aunque parezca exagerado, los responsables de comercializarla defienden que “debe comerse con las manos y solo si se va a ingerir en menos de cuatro horas”.

Un trayecto caro y una distribución selectiva

La temporada va de diciembre a junio y, en ese tiempo, solo se comercializa en lugares seleccionados. Una vez recolectadas, las fresas se envían por vía aérea para llegar en 24 o 48 horas como máximo. El coste del transporte, según explican, se acerca al del propio producto. Aun así, es posible que otros países se puedan encontrar más baratas que en Japón.

La idea de que una fresa pueda costar casi 20 euros sigue generando debate. Algunos vídeos en redes sociales la presentan como la mejor fresa jamás probada, otros se muestran escépticos. Lo que nadie discute es que su aspecto y presentación la colocan fuera de lo habitual.

No está pensada para un bol de cereales ni para hacer mermelada. Es una fruta que se da en muy pocas unidades, durante poco tiempo y con un tratamiento más cercano al de un objeto delicado que al de un producto agrícola. Puede que su sabor importe, pero lo que realmente la distingue es todo lo que la rodea.

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