La rebelión del Stonewall de 1969: la noche en que el colectivo LGTBI dijo basta y cambió la historia para siempre

Tener que esconderse para existir. Bailar en la penumbra, mirar con disimulo, besar de reojo. A finales de los años 60, ser gay en Nueva York implicaba vivir a la contra, incluso cuando caía la noche. No era una cuestión de estilo de vida, sino de supervivencia.
Las leyes no protegían, la policía no disimulaba y la ciudad no perdonaba. Sin embargo, en medio de tanta hipocresía, había un local donde todo eso quedaba suspendido durante unas horas.
El Stonewall Inn no ofrecía lujos, pero sí refugio. Martin Boyce, que frecuentaba el bar, lo definió así: “El bar era un tugurio, feo, sin agua corriente detrás de la barra... si conocías el bar y tenías una botella de cerveza o una lata, las limpiabas porque podías pillar hepatitis por las bebidas”. A pesar de su precariedad, era uno de los pocos espacios donde personas homosexuales podían bailar sin miedo, algo que en otros locales estaba explícitamente prohibido.
Estaba en el corazón del Greenwich Village, un barrio vibrante que reunía a artistas, estudiantes, drag queens y adolescentes que habían sido expulsados de sus casas. Era también un negocio manejado por la mafia, que sacaba tajada de la falta de protección legal hacia el colectivo: cobraban entradas, servían alcohol sin licencia y chantajeaban a clientes con alto poder adquisitivo para no revelar su orientación sexual.
El estallido de una rabia acumulada durante años
La madrugada del 28 de junio de 1969, la redada policial se topó con algo distinto. No era la primera vez que entraban a desalojar, pero esta vez la gente no se dispersó. Según contó Boyce, “por alguna razón que ni siquiera ahora puedo explicar, empezamos a dar pasos hacia él”, refiriéndose a uno de los agentes. “Pestañeó, tragó saliva y se dirigió hacia dentro del bar”, aseguró. Fue el punto de inflexión.

Lo que comenzó con empujones acabó en una confrontación abierta entre la policía y quienes estaban hartos de esconderse. Las drag queens lideraron el pulso desde la calle, algunos lanzaron monedas, después ladrillos. Otros, como el activista Marty Robinson, decidieron organizar la respuesta: con tiza, escribió en el suelo Mañana por la noche en Stonewall para convocar a más personas.
Durante los días siguientes, la protesta se multiplicó. Cientos se sumaron frente al local, se enfrentaron a los antidisturbios, formaron barricadas, improvisaron coros y coreografías en medio de la tensión. Boyce relató que uno de los momentos más extraños fue cuando, frente a los refuerzos policiales, varias personas se tomaron de los hombros y comenzaron a cantar Somos las chicas del Village mientras levantaban las piernas como en un musical. Cuando llegó la carga policial, él mismo recibió un golpe en la espalda que no notó hasta el día siguiente.
El Orgullo como respuesta política al silencio impuesto
Lo que ocurrió no fue un hecho aislado. Venía precedido de años de persecución legal: en casi todo Estados Unidos, las relaciones homosexuales eran ilegales. En Nueva York, bastaba con vestirse con ropa considerada del sexo opuesto para ser detenido. Las terapias con descargas eléctricas eran legales hasta 1973. En ese contexto, Stonewall fue solo la chispa que encendió una indignación latente. “Simplemente fue la noche en la que se encendió la mecha”, reconoció Boyce.

Un año más tarde, el 28 de junio de 1970, se organizó en Central Park la primera marcha del Orgullo, ideada por quienes comprendieron que aquella rabia espontánea tenía que canalizarse. Eric Marcus, autor del libro Haciendo historia: La lucha por la equidad de derechos para gays y lesbianas 1945-1990, lo resumió con claridad: “El Stonewall convirtió un movimiento pequeño y localizado en un gran movimiento nacional que se expandió por todo el mundo”.
La reapertura del local como gesto de memoria activa
Décadas después, el local reabrió. En 2007, Kurt Kelly y Stacy Lentz se hicieron con el espacio con la intención de preservar su significado. “Queríamos recuperar la historia, que fuera tratado y respetado como debía, porque no lo estaba siendo”, explicó Kelly. Desde entonces, el nuevo Stonewall combina espectáculos de drag, conciertos y cabaré con una vocación activista.
Lentz, muy comprometida con la defensa de los derechos LGTBI, amplió el alcance del local para que representara a las mujeres lesbianas y que ellas se sintieran bienvenidas, corrigiendo el sesgo masculino que arrastraba el bar.
Hoy es un lugar restaurado, con barra de madera, banderas arcoíris y visitas de figuras públicas. Pero lo importante no está en el decorado, sino en la memoria que conserva. El verdadero legado del Stonewall no fue la resistencia puntual, sino la conciencia colectiva que surgió a partir de ella. La idea de que no hacía falta esconderse para vivir.
0