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CV Opinión cintillo

“L'anell” de Fabregat

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A diferencia de lo que se dice o de lo que se cuenta, la recién horneada novela de Amadeu Fabregat, L'anell del Nibelung, no rompe con la “revolucionaria” Assaig d’Aproximació a falles folles fetes foc, surgida hace medio siglo, sino que mantiene, en su transgresión, el cordón umbilical que las une, a poco, claro, que violemos los catálogos al uso que nos proponen los distintos cánones funcionales para clasificar a los autores y las obras. “Falles” volaba sobre los géneros sin comprometerse con ninguno y tampoco se sabe muy bien si “l’anell” es una novela vestida con el uniforme de las novelas o, por el contrario y al mismo tiempo, constituye el ensayo más sabio y penetrante que se haya escrito en las últimas décadas por estas periferias, y quizás por las de más allá. En sus casi seiscientas páginas está todo: los prejuicios sobre el amor no convencional, la ferocidad de la naturaleza, el tiempo y su estructura como material inexorable y destructivo, la vida que no es sino el morir, los valores actuales esclavos del presente, el origen del universo y de la especie, los recuerdos como armas acechadoras e insoslayables, la estupidez de las correcciones morales y políticas, la firmeza ante el triunfo de la individualidad, el necio gregarismo, el abyecto pensamiento tribal, la dependencia materna, la grandeza del arte y también su falsedad, las paradojas lingüísticas, la excepcional mudanza de las ideas, la heideggeriana tragedia de los humanos arrojados a la vida, la poderosa y perversa red de convenciones ideológicas tomadas como principios irrefutables, o, en fin, la imparable decadencia, el dolor existencial, la soledad, la aniquilación. Y, como fondo, la gloria imperturbable de Wagner, atravesando la inmortalidad, al que sigue el protagonista, el geógrafo Ernest Millet, no solo escribiendo una geografía wagneriana sobre los viajes y lugares habitados por el compositor y su obra sino descodificando la aventura de su legado creativo, de modo que a veces surge una mímesis entre las “enseñanzas” del compositor y el tránsito existencial del propio Millet, como si la realidad de Millet imitara la fantasía de Wagner al igual que la vida había de imitar al arte, según dejó dicho un extravagante escritor irlandés.  Porque el protagonista, que vive en una ciudad del norte europeo noble y feliz, regresa a M. (Valencia) tras cuarenta años para contemplar/escuchar la tetralogía de El Anillo del Nibelungo, y ese reencuentro con su ciudad, que abandonó en una fuga/liberación, originará una concatenación explosiva de causas y efectos, evocaciones y analogías que inevitablemente han de germinar en Proust, o a él nos conduce la memoria literaria, ya que “l’anell”  se articula sobre el paso del tiempo, el núcleo desde donde parten todos los desasosiegos, y gravita también sobre la culpa, o sobre la consciencia de la culpa, un material decididamente indestructible.  

Puestos a definir la novela, o lo que sea, uno diría que Fabregat dispone el juego narrativo a la manera de una partitura, porque es incluso turbador -sorprendente- el tono constante -se diría que de estricto orden monacal-, en el que se desarrolla la obra a lo largo de casi seiscientas páginas, entre un compás pausado, proustiano pero no laberíntico, bajo un “tempo” continuado y un ritmo de puntuación persistente, sin aceleramientos ni desvíos. Y en eso difiere de Wagner, donde los cambios bruscos son muy poderosos, aunque la novela no explica a Wagner, claro, porque Wagner no se puede explicar (o solo el significado de su literatura, pero no su música, cumbre que solo pueden alcanzar los músicos muy versados en los secretos del lenguaje musical: nadie puede explicar a un profano el teorema de Fermat, se necesitan años y años de aprendizaje, como le contestaron los mátemáticos de Cambridge a Steiner cuando quiso acercarse a la solución del enigma. “Steiner”, le dijeron, “se ha resuelto de la forma más ”elegante“, pero para saber qué significa ”elegante“ para nosotros tendrías que estudiar durante quince años funciones elípticas”).  De modo que Amadeu, ante la imposibilidad física y metafísica de explicar a Wagner, pues entonces se pone a explicar la condición humana, y todos los hilos que la tejen, la destejen y la entretejen, cada una de las pasiones, los sentimientos, las relatividades del bien y el mal, la desesperaciones, las beaterías patrióticas, la pequeñez de las vidas, y lo hace con una taladradora más que con un microscopio, porque además de intentar comprenderla -comprender la aventura humana- se dedica a interrogarla, a colocar disonancias desafiantes, impugnando convencionalismos morales, objetando la creciente supremacía de los gregarismos y desinfectando los virus ideologizados.  

Literatura de “ideas”, que sacude certidumbres y pone en evidencia la debilidad de teorías y relatos, golpeados por el implacable imperio del tiempo y los azares de las modas, lo cierto es que medio siglo después de la irrupción de Falles folles fetes foc, que constituyó un seísmo en la literatura catalana, Amadeu Fabregat sitúa “L’anell del Nibelung” en esa misma cima, y no era nada fácil regresando de un vacío prolongado durante cincuenta años. Cincuenta años sin darle a la tecla literaria. Nadie escribe hoy, en el magma literario catalán, una novela/ensayo de esa magnitud y bajo esas cadencias, que remiten al perseverante preludio de Tristán, si se me permite la osadía. Quizás constituya la aportación más decisiva a la narrativa catalana de estos tiempos, actuales y convulsos.  

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